LUCHANDO CON NUESTRAS INSEGURIDADES

El ser humano es uno de los entes conocidos en que para convencerle de que está en un error, de que es incorrecto lo que ha dicho u hecho, casi te tienes que enfadar con él, para que al menos lo piense, para que pueda llegar a evaluar que las cosas se pueden hacer de otra manera, no todo el mundo  afortunadamente.  Estamos convencidos de que, el que nos corrijan, nos llamen la atención, es un ataque directo a nuestra autoestima, a nuestro modo de hacer las cosas, que nos atacan en lo más profundo de nuestro ser, nos va la vida en ello, porque nos decimos a nosotros mismos  que si nos dejamos amedrentar por esto, si cedemos, siempre terminaremos cediendo, nunca nos manifestaremos como realmente somos, en definitiva podríamos caer en una depresión de caballo y todo por no responder adecuadamente a estos “ataques”.

Todo este tejemaneje de nuestra mente no tiene fácil solución, volviendo una y otra vez a la rutina de nuestro modo de hacer las cosas, simplemente porque nos sentimos más seguros así y esto es un trabajo de la psicología cognitiva para tratar de que la persona que tiene esta incapacidad, no digo trastorno, incapacidad al pensar que males mayores le pueden acarrear por: ceder, admitir o pensar de una determinada manera.

Lo suelo comparar con frecuencia al deporte de esquiar o patinar, es decir el deslizarse por una superficie sin tener el control absoluto del terreno que pisas, hay que aprender a que no todo puede estar controlado, la vida real no son matemáticas puras, principalmente porque no depende todo de la actuación de cada uno. En el resultado de una iniciativa por nuestra parte intervienen las personas con las que interactuamos, la situación, el momento del día, el azar o la suerte, la motivación nuestra y la de los demás……

Todo ello nos debe inducir a pensar en la relatividad de los acontecimientos y dirigido de manera específica a ese tipo de personas que involuntariamente, porque ya han adquirido el hábito, intentan tener controlados todos sus actos, ser meticulosamente mejores, mientras se argumentan que eso que hacen es necesario, que siempre se tiene que tender a hacerlo lo más perfecto posible, que toda su vida han sido así y que no necesitan cambiar eso, que hay que cambiar otras cosas pero su modo de ver la vida no es un capricho.

Ante esto, el tratamiento apropiado es escuchar a la persona para que explique porque piensa de esa manera, que sus razones tiene sin duda para hacerlo así, para posteriormente desmontar esos argumentos, no como lección magistral de un maestro al alumno, sino discutiendo con él, incluso acaloradamente estas cuestiones, sopesando como en una balanza los elementos positivos y negativos de cada decisión, de cada elección y minimizando las consecuencias negativas de su proceder, es decir: no puede uno actuar en esta vida de incertidumbre y de no saber que va a pasar dentro de dos horas, con una certeza y seguridad que es imposible de conseguir, lo que se quiere decir con ello es que se debe asumir el error, la equivocación como norma general de actuación, y al introducir este elemento en el conjunto, milagrosamente todo cambia, nuestra percepción, nuestra actuación, nuestro modo de ver las cosas y al cambiar esto de manera automática cambian nuestras emociones, nos parece que hemos estado atravesando un túnel y la luz se empieza a ver al final y todo por un simple cambio de “chip”, de manera de mirar.