Estos días se prodigan justas alabanzas a personas del ámbito sanitario, personas que literalmente se están jugando su vida por salvar la de los demás. Muchas de las personas que salen curadas salen incluso conmovidas por la gran profesionalidad y cariño con las que se les trata, enfermeros y enfermeras sudando como pollos, con las gafas empañadas por llevar doble bata, doble mascarilla para hacer una prueba médica o dar alguna medicación, es admirable.

No hay palabras para agradecer tanta atención, tanta dedicación para sobrellevar con una sonrisa tanta presión, tanto cansancio y tragándose su propio temor a contagiarse. Esta muy bien que se aplauda a los sanitarios desde las ventanas, están muy bien todos los videos que circulan por internet reconociendo y agradeciendo y todo esto nos tendría que llevar a una reflexión interior, a agradecer no ya exteriormente, que lo hacemos y está bien, sino congratularnos con la suerte que tenemos de disponer de un servicio sanitario del que carecen hasta las primeras potencias del mundo.

Pero mi reflexión me lleva de manera especial a los héroes anónimos que no se citan, a los que siguen y siguen trabajando en bien de los demás, policías, repartidores, limpieza, gente altruista que trabaja de manera gratuita por el simple afán de ayudar, van a tener razón lo que abogan que se recompensa uno mismo cuando ayuda a los demás. Mi intención es romper una lanza a favor de esa gente, esos cuidadores de personas mayores, que han sido injustamente tratados cuando lo único en lo que piensan es facilitar y hacer la vida más fácil a personas que han trabajado toda una vida para dejarnos a los presentes un nivel de vida muy alejado del que ellos disfrutaron. Esas profesionales que les cuidan, que les miman incluso, que les tratan con cariño son personas que se merecen nuestro respeto y reconocimiento.