Las sociedades que tenemos hoy día, en general, son una maravilla, al menos en nuestro país, cada vez nos proporciona mayor bienestar, mejor sanidad, mejores servicios, también es verdad que nos volvemos más exigentes con la misma, queriendo que nos proporcione
más y más y a ser posible por el mismo precio.

Pero a cambio ésta también nos exige que cada vez seamos más perfectos, incluso nos lo exigimos a nosotros mismos de manera desproporcionada, sobrepasando en ocasiones nuestra propia capacidad de responder a esas exigencias. Que hacer para no sentir esa
presión? Para no sentirnos marionetas en nuestro propio mundo.

La persona que se deja llevar por estas exigencias suele acabar mal, en el sentido que nunca se ve satisfecha con lo realizado, siempre exigiéndose más, dejando de lado cosas importantes que nos hacen reconciliarnos con nosotros mismos, cosas sencillas como pasear y
notar el sol en la cara, o pararte a charlar con un conocido, o como dicen siempre los profesionales de la salud mental, fijándose en las
cosas pequeñas, pero no fijándose un poquito y ya está seguimos a lo nuestro, recreándose en contemplar las maravillas que nos rodean,
como trabajan pequeños insectos o animales o elevar la vista y ver las bandadas de animales migratorios que van de un lugar a otro o
simplemente observando a los demás, que hacen, como reaccionan, como se comportan los unos con los otros.​

Todos estos pequeños momentos que nos tomamos para observar nos congratulan con nosotros, nos hacen sentir lo normales que somos al ver como los demás actúan igual que nosotros, con los mismos o parecidos problemas reflejados en sus caras, pero sobre todo nos hace sentir bien al notar que tenemos tiempo para hacer este tipo de cosas, que tenemos tiempo para perderlo, que no es él, el que nos domina a nosotros y el resultado es una sensación de paz.